El señor de arriba
(escrito pa' el taller de
escritura creativa, en la versión primavera 2009)
Rafael Rivera está sentado frente a su monitor con un cigarro en la mano, igual que ayer, anteayer y los días antes de eso.
La novela, insulsa e inconclusa, lo mira desde una pantalla llena de pelusas, bosteza y se vuelve a adormilar.
Rafael no es viejo, aunque a veces siente que sí, sobre todo cuando hace frío.
Si no odiara a los gatos seguramente tendría uno blanco, o tal vez uno negro, jamás uno amarillo.
En el mini bar de su cocina —se rehúsa a comprar refrigerador— hay tres gelatinas de sabores inexistentes (fresacuyá, naramangon y limacote), un café mocha a medio tomar, un anacrónico jamón con pintitas azules y un cartón de leche descremada sabor vainilla.
Rafael es maestro, adora el sabor de la tiza y las E mayúsculas que dibuja en el pizarrón.
De niño disfrutaba amasar la corteza de los panqués y crear pequeñas ciudades que nunca se comía.
El cigarro se apaga y Rafael busca en el único mueble de su habitación una cajetilla de Delicados. Es la última.
Su perro imaginario, Tuco, bosteza y se estira.
Rafael busca citas cada fin de mes en la biblioteca. Le gustan las que lloran con Neruda y las que ríen con Benedetti; ésas, dice Rafael, son las que tienen las ideas más absurdas sobre el amor. Aprecia a las mujeres curveadas con senos medianos que se burlan de la gravedad, pasa de largo con aquellas de nalgas planas y gusta de mordisquearle las orejas a las mujeres con aretes largos.
Si no tuviera gastritis, Rafael viviría de sopas Maruchan con limón y salsa Chapala.
En su baño hay un cenicero, un jabón que encontró en oferta, shampoo anti caspa y una colección de frasquitos aromáticos que año tras año sus alumnas se empeñan en regalarle.
Sobre el tanque, Mafalda reposa junto a Savater (garabateado para ser dictado mañana en clase), Arreola se inclina sobre Huxley y un libro de autor desconocido peligra con caer.
Rafael es feliz, aunque sus alumnos de secundaria no le crean; le gusta usar Converse, aunque sea viejo para eso; le gustan las mujeres feas, aunque le molesta que sean las que se enamoran más. Sin siquiera darse cuenta logró el aspecto desamparado y desgarbado que, de adolescente soñó.