31.12.10

poema viejo

Se me acaba el año
y me gusta saber que en el saldo blanco
-blaquisimo-
estás tú.

Debo confesarte
que en realidad no sé nada de economía,
o de matemáticas
o de finanzas,
y que eso de saldo blanco
es pura perversión escondida.

Debo agradecerte
que me enseñaras de nuevo los números,
que les dieras, pues
otro significado:
que uno más uno
no son dos
cuando se está en la misma cama,
que el 65 +4 es una delicia,
¡ah matemática pura!

Borraste también mis errores en física,
y ahora sé
que dos cuerpos
-cuando uno se lo propone-
sí ocupan el mismo espacio.

Gracias también
por aguantar mis cabellos
que se meten en tu boca
en uno que otro beso.

Por aguantar mis berrinches,
los tontos
y los feos,
por renegar de ti
nomás a lo pendejo.
Se me acaba el año,
me maltrató
-y mucho-
lloré
-y mucho-
pero tenerte a ti
-querido-
en el recuento de los daños,
eso
-querido-
lo hace el mejor de los años
Así de cursi
así de rosa
¿qué le vamos a hacer?

27.12.10

Engaño

Me acaricio toda y me pierdo en tu recuerdo;
en tus manos blancas que me volvieron loca,
los ojos profundos que me engañaban "eres mía, eres hermosa"

La noche me esconde y me abriga tu cama,
bajo tu cuerpo mi voz se quiebra;
respiro tu voz, tu cara, tu pecho.
Dentro de tu mi voz calla.

Entonces tus labios de beso tierno se alejan,
mi corazón se detiene; la noche se pausa
"sabes que no te quiero" me dices
es tarde,
bajo de ti mi voz calla.

16.12.10

Ah, la Navidad

Descubrir tu sabor en el ponche: una delicia.
ahí entre la manzana,
la canela,
las ciruelas.

Una,
dos
tres tazas:
las que sean necesarias
para sentirte cerca.

8.12.10

Tal vez

Podría esperarte una noche más
-una noche entera-
a que decidas por fin quedarte
y llenarme de besos
y soñarme toda

Que el espacio entre los cuerpos
se llene de nuestros alientos,
y no de falsos recuerdos
que me invento sola

Esperar también,
que tus ausencias sean más cortas,
tus silencios más livianos
y los adioses menos definitivos

Podría esperar a que digas te quiero
-y lo digas en serio-
para ser feliz en ese instante,
en el siguiente momento,
y en todos los que siguen después de eso

Esperar el día en que deje de esperarte
y te tenga conmigo una noche entera,
para que digas te quiero
y dejes de marcharte

frases "leibles"

-He estado pensando en que no podemos seguir así-dije.
-¿Así cómo? He estado dos meses fuera
-Siento que tengo que empequeñecerme para caber dentro de nuestra vida en común.
-ya vale. Deja de decir bobadas-dijo, y sonrió-. Te he echado mucho de menos.
-mira, creo que hay otra persona-dije.
-Por Dios-dijo, y su voz sonaba desagradable a causa de la exasperación-. No hay nadie más.
-Sí que lo hay-insistí.

Manual de Caza y pesca para chicas
Melissa Bank

1.12.10

¡Adiós carrerita mía! y otros cuentos

Eunice dice:
Sólo me falta ir mañana por otra calificación
Eduardo dice:
y ya?
ahí acaba todo?
Eunice dice:
ahí acaba todo

Pocas son las veces en las que uno se da cuenta de que las cosas, eventualmente, se acaban. Así terminamos bañándonos un día sin jabón o gritando por un rollo de papel o ahogados con un cachito de pan que pretendíamos bajar con lo último de la leche. También así, con calmosa sorpresa, aquella carrera terca que jamás supimos entender -y que jamás nos amó- se acaba. Desvelos, enojos, mal entendidos y suplicas diversas que dan cuenta de la tormentosa relación entre el supuesto (estudiante) y una (distinguida) estructura académica, se van diluyendo en trámites costosos, fotografías amorfas, extravagantes vestidos y otras cosas.

  En un momento como este -¡irrepetible!- habría que detenerse y llenar un poco los pulmones (maltrechos a causa de los vicios adoptados durante la carrera) para imaginarse a uno mismo primero con toga, luego en una fiesta y luego trabajando arduamente en una oficina con nuestro nombre en alguna puerta (Paco López: auxiliar de…). Podríamos también imaginarnos rodeados de pequeños hijos, una casa grande y un patio con perro; leyendo Vanidades y llorando la muerte de Corín Tellado. O no.
  Después de imaginarse –y antes de llenar el anuario con hipocresías cursis- habría también que armarse un portafolio y acomodar primorosa (y estratégicamente) los trabajos escolares con cara de asuntos profesionales, serios e importantes. Resultaría prudente –ya que estamos en estas- medirse un saco del padre, quitarse los zapatos rotos: dejar a un lado la cuidada apariencia de universitario descuidado.
  Terminar una carrera implica también un recorrido sudoroso de pies cansados y callosos; de tener la inocente certeza de estar en el desenlace que precede al clímax de otra historia; ver cuatro años- y un piquito- resumidos en un promedio, en un certificado de estudios: papeles, sellos (una deuda considerable) y nada más. Introducirse a la profesión por un huequito, con un currículo joven y fresco; con el absurdo entusiasmo de encontrar un trabajo pleno y un salario choncho, mondo y lirondo.
Egresar y joven cuando la universidad te dice “licenciado”, aunque sabes bien que te traiciona.

Walter Milagros




De no haber sido por la reversa de ese carro, el gato amarillo tendría cuatro patas y no tres. Bastó que la luminosa uña, que habitaba aquel níveo dedo, tocara suavemente la herida para que la gatuna agonía terminara. “Walter milagros” volvió patas muñones caninos; alas truncas recuperaron plumas, colas mochas se vieron nuevamente esponjosas, bigotes fracturados reparados y rizados para el deleite de los apurados dueños.


“Walter milagros” nació arrullado por un barco que naufragaba en el momento exacto en que Piscis abandonaba la casa de acuario; cuando la estrella de la buena fortuna murmuraba maldiciones gitanas en contra del amor.
De ropa hindú y amuletos varios, un hombre de edad dudosa saludaba a Walter todas las mañanas desde un portarretratos. Rubio y de ojos alegres, Walter fantaseaba con un padre místico que había muerto aplastado asistiendo el parto primerizo de la elefanta favorita de algún sultán.

Convencido de la profunda relación entre las estrellas y la felicidad humana, Walter escribió con gran esmero versos de gran belleza dedicados a los astros. Años más tarde miraría con orgullo a fumadores empedernidos leer atentamente estos versos, estampados primorosamente en cajitas de cerillos.

Walter amó y fue amado por cada una de las criaturas karmáticas de la tierra. Psicólogo, astrólogo y parapsicólogo, los sagrados conocimientos de Walter trascendieron más allá de su buena cara y de su facilidad de palabra. Ayudó a grandes y pequeños en problemas reales y ficticios. Volvió sutiles amores trágicos, complicó existencias sosas; hiló y deshiló constelaciones varias.
Durante noches de insomnio Walter bordó delicadamente cada uno de los signos zodiacales. De gran corazón y enamorado de la humanidad, Walter donó sus bordados a una casa de asistencia en el momento justo en el que recibió de los astros el mensaje divino de la fatídica muerte de la madre Teresa de Calcuta.


Aunque rico y poderoso, Walter vivió austeramente fuera de las cámaras. Actualmente continúa soñando con elefantas amorosas que lo mecen tiernamente en su trompa.