26.1.11

El pollo y yo

Una vez perdí un pollo. Animal diminuto y de cabeza negra. Mi abuela tenía un rancho con gallinas libres y salvajes que ponían a placer y donde era su voluntad. Eran 6 0 7 pollitos, ya no lo recuerdo. Pero mi abuela los contaba celosamente cada cierto tiempo. Aquella vez me dieron permiso de jugar con dos.

Era yo pura alegría: construí nidos de pasto seco, los adorné con primorosas flores y demás hierbas. Una mamá orgullosa contemplando aquellas criaturas del señor. De pronto- estoy segura de que el cielo se puso negro en ese momento- uno de los pollos desapareció. Ni pío ni nada. Me arrastré por todo el jardín buscando al animal, busqué en las ramitas, en los arbustos, debajo de los carros. Nada. Había que pedir ayuda: mi madre se arrastró conmigo (la arrastré a mi desgracia). Juntas hicimos el ruido ese que se hace con la garganta (gnoc, gnoc) para cuando hay que llamar a las gallinas a comer. Nada. Sabrá Dios y su memoria cuanto tiempo lloré mi desgracia. El condenado pollo no aparecía: condenábame a una vida sin amor de abuela. Entonces- y de la nada- una alegre gallina aparece "cloc, cloc, cloc". Detrás de ella el prófugo, el ingrato, mi verdugo. Piando como si fuera comiquísima la cosa. Sobra decir que jamás volvía jugar con pollos.