Mela enroscó la larguisima bufanda multicolor en su cuello, " las bufandas largas hacen a veces de cuerda, a veces de cama, entre más largas mejor" solía decir.
Adentró sus dedos en las felposas cavidades de sus guantes viejos y decidió amansar su cabello con un gorro peludo y grande.
Era sábado.
Entre semana fingía ser normal, comía mucho, leía bastante y hablaba más, sobre todo con los floreros, botellones, esferas y otros objetos que tampoco tienen boca.
A veces incluso, los miércoles, se sentaba en las escaleras de su casa a platicar con los vecinos que pasaban en la calle.
Mientras ,su gato se acurrucaba en el sillón- hamaca y espiaba por una rendijita de ojo a los pájaros gordos que daban saltitos por ahí.
En cambio los sábados, como entonces, Mela se sentía merecedora de un respiro de cordura y salía a dar un paseo enrollada en prendas coloridas.
Salir en bicicleta resulta obviamente peligroso a quien usa bufandas rapunzelescas, así que no queda más que calzarse las pantuflas de suela gruesa y andar por el camino pastozo colina arriba.
El gato también gusta de ser diferente los fines de semana.
Ese sábado se siente mariposa , el pasado se sentía pez, por lo que ahora revolotea graciosamente alrededor de Mela.
De vez en cuando Mela y el gato Paff ( por el sonido que hace al tumbarse en su camita), se detienen a charlar con alguna flor, conversación que se ve interrumpida por el instinto maripozesco de Paff que lo obliga a saltarle encima y destripar al yerbajo .
Entonces Mela sacude el polen de los bigotes al gato y con fingido enojo lo obliga a caminar en dos patas lo que resta del camino.
" las mariposas no andan destripando flores por ahí, tienen una fina trompita con la que las arrullan y así poder robarle los pétalos dulces, tú eres muy peludo y torpe para eso" .
Entonces Paff agacha las orejas y vuelve a sentirse gato por un rato.
A veces tienen suerte y se cruzan con el cartero que a toda velocidad pasa colina abajo dejando un rastro de cartas tras de él.
Mela gusta de levantar las cartas y sentarse en la segunda rama del árbol a leerlas.
Le gusta mirar las diferentes letras, las tintas de colores y las despedidas amorosas, pero sobretodo le gusta aspirar el delicado perfume de la goma que se esconde debajo de las estampillas.
Cuando el cartero no aparece, Mela se trepa en la tercera rama del árbol chueco y mira las casas de abajo.
A veces trata de imaginar lo que estan haciendo dentro de ellas.
En la quinta casa de la derecha, la del techo rojo, vive una señora que cría, para el deleite de Paff, Canarios que suele pintar de rojo y morado.
Ese sábado ha pintado 4 morados y solo uno rojo.
En la casa de al lado, que es entre amarilla y blanca, viven unos gemelos que suelen cambiar la cocoa de la señora R. ( la de enfrente del templo), por tierra negra que sacan las hormigas los jueves.
A los nietos de la señora R. , misteriosamente, les rechinan los dientes con los brownies sabatinos.
Cuando Mela se cansa de mirar para abajo se recuesta un poco a platicar con las nubes.
A veces Paff se encarama en una de ellas, se enrosca y ronronea hasta quedarse dormidos los dos.
Mela entonces también cabecea y sueña con un montón de cosas irreales y bonitas.
Ese sábado soñó con una pista de hielo totalmente portátil y plegable.
Soñó con un chico de cabello largo que le sonreía, lo que causaba cierto quien sabe que en ella, y que intentó desmantelar la pista para ver como funcionaba.
"me dicen el che" dijo mientras analizaba un buen trozo de hielo.
Mela estaba a mitad de la pista, empapada, mirando a unas niñas pintar un bebeleche con tizas de colores.
" a mi solo me dicen Mela, aunque a veces no me dicen nada…" dijo a un Che ahora inexistente.
Soñó que Paff volaba en lo alto con alas azules y que por fin lograba aterrizar en una flor sin asesinarla.
Soñó con frío, húmedo y espeso, con un perro de cola rallada y canarios exóticamente decorados.
Pero entonces Mela soñó que tenía que despertarse, que ya no era sábado y que tenía que volver.
Y Mela soñó con una red luminosa con la que atrapaba la nube en la que Paff dormía y con un suspiro involuntario lo hacía despertar.
Mela bajó de un salto y con el gato volando a su lado, caminó colina abajo justo antes de la hora de cenar.
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