En algún momento de la historia algo se escribió en mi cuerpo. Pequeñas y finas tiras multicolores aparecieron en mi piel. Escrito así, con calma y a media noche, suena bonito. Y no, no lo es. Las estrías que habitan mi cuerpo (que lo definen, que lo marcan, que lo surcan, que lo araron) distan mucho de ser estéticas. Una línea en la panza a los 9 años, una más en las piernas, en los brazos. Cambios constantes de peso que quedan registrados. Como anillos en un árbol: he engordado de manera brutal en 4 ocasiones. Y adelgazado someramente en unas 3.
Hay curvas en mis pechos. Alguna vez alguien los confundió con rasguños. Probablemente sí lo sean: la turgencia de la juventud aferrándose a mi cuerpo. Cediendo, perdiendo la batalla. En las nalgas, en las concavidades traseras de las rodillas. Y ya. Mi cara se salvó de esas marcas pero no del acné. La barbilla poblada, siempre, por 3 granos. A veces secos, a veces activos. Como los volcanes del principito. Uno se toma el tiempo de limpiarlos, dejarlos brillantes, rojos y sanos. Siempre ahí, siempre.
Pecas, también. En todas partes, en todos las concavidades, en todos los bultos. En la nariz, en las manos, en el pecho, en la espalda (eso dijiste tú).
Solo queda hacerse la idea de que todas esas marcas son un mapa que lleva (si se encuentra el verdadero camino) a mi amor incondicional. Une los puntos para que pueda amarte completito.
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